Equilibrio natural

El polvo, el olor y el ruido, se afanaban cada uno dentro de sus posibilidades por alcanzar la cima del edificio desde el que observaban los cuatro hombres.
Abajo, la muchedumbre se agitaba como las redes de un pescador cargadas de sardinas, una masa viviente y ondulante.
Algún disparo ocasional provocaba que la multitud, como uno solo, se encogiera, para luego volver a ponerse en movimiento con el frenesí que sólo puede causar la desesperación.
Los niños lloraban a hombros o de las manos de sus padres, las narices un pozo negro por la mezcla de polvo, suciedad y mocos, mientras la mayoría aferraba un peluche destrozado o un juguete antiguo.
Sobre las cabezas y a los lados de la calle, se vislumbraban hatillos con pertenencias. Una tela, un nudo con las cuatro esquinas y se empacaba una vida para huir.

El aspecto de los hombres  que observaban esto no podía ser más heterogéneo.
Dos de ellos se encontraban de pie en la cornisa del edificio y los otros dos unos pasos más atrás.
Entre los cuatro formaban una suerte de cuña, marcando claramente quiénes lideraban y quienes seguían.

Uno de los hombres de la cornisa era alto, espigado, de porte atlético, con un traje de corte italiano y unos zapatos negros que relucían bajo el sol inclemente del mediodía.
El otro hombre tenía mayor altura, pero estaba encogido sobre sí mismo. Las prendas raídas le conferían cierto aspecto de pordiosero, efecto que se veía realzado por las moscas que se arremolinaban a su alrededor. Sin embargo, bajo esta apariencia se adivinaba una musculatura desarrollada, de hombros macizos y espaldas anchas.

Los dos hombres que se mantenían más apartados se vigilaban mutuamente de reojo.
Uno aparentaba unos 30 años y vestía vaqueros, cazadora de cuero con una sudadera gris debajo y una gorra blanca. Se mantenía a la derecha del hombre de traje con actitud tranquila, de cuclillas y jugando con un dedo sobre el polvo del suelo. Dibujaba patrones extraños, mezclados con glifos cirílicos, jeroglíficos, kanjis, y multitud de caracteres de otras escrituras.
El restante era un anciano encorvado, con el poco pelo que le quedaba cano y a la altura de los hombros. Vestido con una sotana sin alzacuellos se frotaba las manos sin parar mientras a sus pies había un pequeño charco oscuro de lo que parecía brea. Sus labios no paraban de murmurar sin que se pudiera oír nada de lo que hablaba.

- Contempla esa escena - dijo el hombre trajeado con una voz profunda y clara - Esa olla en ebullición de emociones sin sentido, corriendo todos como granos de arena que caen de una montaña en busca del mar que calme la aridez de sus almas. ¿Qué encuentras de atractivo en esa existencia que tanto te esfuerzas por proteger? -

- ¿Atractivo? - dijo el hombre de la sotana - Atractivo es Jalack en su sotana, oh sí. Las praderas se agostan a su paso y su estúpido señor no puede evitar envidiarlo cuando lo ve. Pero no, no lo digas en alto, pues agudo es su oído y fuerte su voluntad. Más nada es tan atractivo como Jalack, se mire por donde se mire. Debería consultar a un experto en moda... esta sotana está vieja. - se agarró la sotana y la subió hasta cubrir su cabeza - Ah, huele bien, perfecta, como flores en un campo recién abiertas para recibir el sol que ilumina la primavera. ¿Deberíamos agostarlas? Esas flores... ¡¡NUNCA PUEDES FIARTE DE UNAS FLORES!! -

El hombre empezó a dar saltos y a arrancarse mechones de cabello con las manos.

- ¿Ocurre algo, Jalack? - dijo el mendigo sin girarse con una voz infantil - ¿Cuál es el problema con las flores? -

- ¿Flores? - Jalack se paró en seco, pelos colgando de sus dedos y una mirada enfebrecida clavada en el mendigo - ¿Quién ha hablado de unas flores? Seguro que ha sido el inútil de la gorra de al lado. O quizá, piensa Jalack, quizá ha hablado el jefe y es una trampa, ladino y oscuro es, inteligente. Debes andarte con cuidado o su estupidez te atrapará... -

- Jalack, cállate -

- De acuerdo señor. - dijo haciendo una reverencia usando la sotana como si fuera un vestido - Mantén silencio Jalack, oh sí, y cuando se confíen grita con todas tus fuerzas. Oh, la emoción, la sorpresa, el susto... Oleadas de adrenalina corriendo por el torrente sanguíneo alimentando reflejos emocionales en el cerebro... Claro, que quizá no tengan cerebro, lo que falte sea adrenalina. ¿Debería advertirles para que reaccionen apropiadamente? No, mejor que no, lo genuino... -

- Jalack... - el mendigo se giró y clavó los pozos sin fondo que eran sus ojos en el sacerdote.

- Sí, ya me callo, Jalack siempre es silenhmpppffff!!! -

El hombre de la cazadora de cuero lanzó una carcajada al aire al ver a Jalack taparse la boca con ambas manos conteniendo el torrente de palabras que parecían tener vida propia. La mirada que mantenía sobre Jalack se volvía más y más despectiva a cada momento que pasaba y una sonrisa de hiena se perfilaba en sus labios.
Jalack le lanzó un bufido.

- En fin - dijo el mendigo - Ignoradlo. Jalack es... peculiar, espero haber elegido bien, está por ver.

Se giró hacia el hombre trajeado.

- Observa atentamente una vez más, viejo amigo. ¿De verdad no aprecias la magnífica convergencia que supone la escena que presenciamos en este preciso momento? Se trata de la belleza de lo inmediato, la fuerza de la vida, la naturaleza más primitiva escondida en cada uno de los cuerpos que luchan ahí abajo. Toda educación, toda pretensión, vanidad, aspiraciones, odios, filosofías... Todos esos años de evolución, estudios, perseverancia del hombre, reducidos a un único instinto primario, inherente a todo organismo vivo que hoya la tierra. Supervivencia. ¿Acaso existe algo más genuino? -

- ¿Así justificas la existencia de esta agonía continua? ¿Esa certeza de dolor que acompaña cada nacimiento, que construye o destruye cada alma, que acompaña cada muerte? La vida del hombre es un camino de dolor, un sendero de guerra contra un enemigo al que no se puede vencer, viendo incontables batallas y sabiendo que la guerra está perdida. Yo busco acabar con eso. Aplicar misericordia y acabar con el mal que infecta este mundo. -

- ¿A esto llamas mal? - dijo el mendigo abarcando con un gesto la escena que tenía delante - ¿Acaso osarías calificar como maldad la masacre que llevan a cabo los cocodrilos sobre los rebaños que cruzan sus ríos en cada época de migración? No, sin duda. Y estarás de acuerdo conmigo en que los animales son inherentemente bondadosos, pues no cabe la concepción de maldad para ellos. Pero la maldad es un término inventado, una manera de clasificar una comportamiento. Al igual que la bondad. -

- Sestilnam - susurró Jalack.

- En efecto, sestilnam. - continuó el mendigo - Así pues, ¿por qué interpretar que el ser humano es malvado? Yo prefiero interpretar al ser humano como un todo. Su naturaleza le impele a la dicotomía de elegir entre hacer el bien o hacer el mal, pero no por optar por un camino u otro deja de ser más o menos natural su actuación. -

El disparó penetró justo por debajo del ojo izquierdo del hombre trajeado esparciendo una nube roja desde la parte posterior de su cráneo que se difuminó en el aire. Aterrizó de espaldas un metro más allá de donde se encontraba.

- Recuerdo esta misma conversación, bajo términos diferentes, al menos un centenar de veces. En las llanuras de mongolia. En los salones de Vlad Tepes. En las murallas de Perpignán. En Iroshima. En los despachos de Auschwitz. En las cavernas de los Urales. En los camarotes del Titanic. - dijo mientras se levantaba con tranquilidad, un hilo de sangre escurriendo por su mejilla.

Jalack y el hombre de la cazadora de cuero cruzaron una mirada inquieta acompañada de un destello de reconocimiento. Mentes diametralmente opuestas discurriendo por un mismo camino hacia una conclusión común.
Sus posturas se relajaron, lo cual, para Jalack, se tradujo en que se sentó y empezó a hurgarse la nariz.

- Y te muestras tan inflexible como todas esas veces - contestó el mendigo.

- En efecto. - El asentimiento de su cabeza dibujó nuevas carreteras de sangre por su rostro - Y, así, mantenemos el status quo que hemos ido gestionando. Seguirás teniendo tu ración de sufrimiento, y yo seguiré teniendo la mía. Cada una bajo sus propias justificaciones. Pero en ambos casos similares. Y esto es lo que realmente te preocupa, esta energía que nos da forma, que nos nutre pese a la ignorancia de los que la desatan. Ambos somos sanguijuelas emocionales las cuales carecerían de consciencia, personalidad o intención si no fuera por ese rebaño que se agita ahí abajo. Porque tu temor más primordial es desaparecer. -

Una risa socarrona surgió de las profundidades de la garganta del mendigo.

- Y a ti lo que te preocupa, en toda la magnífica intensidad de tu nihilismo existencial, cabrón egocéntrico, es no tener el control de esta situación. Somos fieles reflejos, ambos, de nuestros seguidores. No de estos dos, sino de los que se debaten ahí abajo y en todas y cada una de las catástrofes que ocurren en el mundo. Y con esto volvemos a mi argumento original. -

- ¿Que es...? -

- Que, incluso nosotros mismos somos puramente inocentes, si obviamos las capas y capas de convencionalismos y estereotipos creadas a lo largo de los años. ¿Quién eres tú para juzgarme a mí? ¿Quién soy yo para juzgarte a ti? ¿O a tu seguidor? ¿O a Jalack? -

Ambos se miraron fijamente. A su alrededor el tiempo se congeló. La propia luz dejó de existir, al no moverse ya sus partículas, y a mendigo y hombre de negocios los envolvió la oscuridad más absoluta.
Sólo conciencias en un duelo intelectual que había durado milenios.

- Esta es nuestra esencia - dijo una voz de niño- Y no podemos evitar ser lo que somos. Yo no puedo odiarte por ello, pese a que tú me odies. Porque es parte de tu esencia, como es de la mía ver las cosas como son y apreciarlas en su magnífica fealdad y maloliente benevolencia. -

- ¿Y ya está? ¿Es la naturaleza primordial que nos define a cada uno justificante suficiente ante cualquier tipo de acto, sea cual sea la motivación que lo desencadene? Perfectamente podrías afirmar que esta eterna discusión que mantenemos tú y yo es inevitable. También podrías decir que el objetivo de un bien mayor justifica pequeños actos de maldad. Podrías hablar de ello con Stalin, Rakashu, Mao...-

- ¿Por qué ha de haber una justificación? Es lo que no termino de entender. O tú no terminas de entender la ausencia de esa necesidad. -

- No, ahora lo vuelvo a ver claro. - dijo la voz profunda.

Los límites de la realidad se volvieron a dibujar y el tiempo regresó a su ritmo normal poco a poco, como un alud de una montaña.

- Se trata del equilibrio - prosiguió el hombre del traje - Tú y yo tenemos que ser antagonistas para mantener una lógica existencial. Día y noche. Cazador y presa. Blanco y negro. Todo tiene su contrapunto y tú eres el mío como yo el tuyo. Por eso cuando aparece un genio siempre hay necios contra él. -

- Entonces, ¿está decidido? - el mendigo enfrentó al hombre del traje.

- Está decidido - contestó.

Con un sonido sordo, como el de las velas de un barco al desplegarse, unas alas se extendieron de sus espaldas.
Las del hombre del traje eran de pluma blanca, las nervios de las plumas de un tono amarillento.
Las del mendigo eran por contra rojizas, con los nervios negro brillante.

- ¿Nunca has deseado poder deshacerte de esta incomodidad de las alas? - preguntó el hombre del traje.

Una risa jovial acompañó la respuesta del mendigo.

- ¡Jajaja! - se encogió para tomar impulso y saltó hacia la calle en un picado, las alas encogidas detrás - ¡Pregúntales a ellos! ¡Somos lo que ellos hacen de nosotros! -

El hombre trajeado se volvió hacia Jalack y el otro hombre.

- En el fondo lo quiero, ¿sabéis? -

Y con un batir de alas se elevó hacia el cielo, más rápido de lo normal.

La postura de Jalack cambió de repente. Se irguió y juntó sus brazos metiendo cada mano dentro de la manga del brazo contrario.

- Ya tenemos nuestra respuesta. De nuevo, volvemos a esperar - dijo.

- En efecto. Parece que tú y yo no somos los destinados a presenciar el fin de esta discusión. - contestó el hombre de la gorra, de pie frente a él.

- Quizá no, quizá sí. Yo tengo intención de hacer lo posible para estar de nuevo cuando se junten. Y lo haré, aunque tenga que vivir mil vidas... -

Una mirada extraña surgió en los ojos del otro hombre.

- No se por qué, pero creo que lo conseguirás. Adiós. -

El hombre de la gorra cerró los ojos y se convirtió en un destello que pareció alzarse al cielo.
En la cara de Jalack se dibujó una sonrisa lobuna mientras observaba la multitud que, en la calle, se apiñaba contra las fronteras cerradas del país vecino.
Poco a poco, Jalack pareció ir hundiéndose en el charco de brea que le rodeaba los pies, siempre con la mirada fija en la muchedumbre.

A lo lejos, una nube de humo, como la que solo puede dejar un convoy militar, iba aumentando de tamaño al mismo ritmo que la tensión de la escena que la cornisa, ya vacía, miraba en silencio.





"Hay algo tan puro en ti, que no admitirlo es negarme,
no saber ver el alma que hay bajo la carne,
nos une el agua, el fuego, la sangre,
sólo hay un enjambre, yo voy a quedarme..."
ZPU - Instinto Animal

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