Volutas de memoria
- Aún recuerdo el momento en que, de niño, comprendí que podía morir.
No como lo entienden los niños pequeños, para los que la muerte implica que no se ve más a la gente, sino como un adulto. -
Un rayo de sol se colaba por un agujero de la pared y Tanis miró a Jalack a través de la nube de polvo que se reflejaba en él.
Con los rasgos cubiertos de ceniza y suciedad a partes iguales, Tanis continuó con sus reflexiones.
- Mi abuelo era un hombre duro. Delgado y nervudo, todo tendones como cuerdas de guitarra, es posiblemente la persona más alta que he llegado a conocer, aunque quizá es el recuerdo de un niño.
Sea como sea, cuando caminaba a su lado tenía la impresión de caminar con un gigante.
Era inmensamente respetado en el pueblo. No había decisión que se tomara sin oír primero su consejo, ni disputa que su palabra no solucionara.
No ejercía esa especie de autoridad mediante la fuerza o amenazas. Simplemente, emanaba de él y el resto de la gente se plegaba a ella.
Acabó con él una serpiente. No sabemos de qué tipo, pero le atacó mientras cazaba y no se pudo hacer nada.
Al principio, cuando me dijeron que había muerto, lo asumí como un niño. Simplemente dejaría de verlo. Esa era mi percepción del mundo. -
Jalack escuchaba en silencio. Tanis no era un hombre hablador, pero cuando se decidía a hablar, valía la pena escuchar atentamente sus palabras.
Ya habría tiempo para la urgencia, la adrenalina y la violencia. De momento, a oscuras y ocultos en esa habitación podían permitirse relajarse y adentrarse en los mundos de los recuerdos.
- Cuando mis padres comentaban asuntos, en la mesa a la hora de comer, se preguntaban qué opinaría mi abuelo, si tal decisión la aprobaría o si la actitud de algún vecino sería objeto de una mirada reprobatoria por su parte.
Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que esas preguntas sobre qué haría mi abuelo iban espaciándose hasta acabar desapareciendo. -
Tanis cogió su chaqueta de cuero, basto y raspado tras numerosas aventuras.
- Eso es la muerte. No solo desapareces de la vida de la gente, poco a poco, desapareces de su recuerdo, como le pasó a mi abuelo. Si no has realizado un acto tan grande como para que lo recuerden y te admiren las generaciones futuras, te disuelves en el tiempo y la memoria como una voluta de humo. -
Ambos se levantaron y Jalack lanzó al suelo la colilla y la pisó concienzudamente, como siempre hacía.
- ¿Te estás arrepintiendo de algo Tanis? No van contigo las dudas y los remordimientos. ¿O acaso... - Jalack se echó el macuto a un hombro y empuñó su rifle - te apena que seamos volutas de humo? -
Tanis rió entre dientes.
- Nada de eso amigo, porque lo que vamos a hacer hoy, será épico. Nos recordarán por siglos. -
Jalack rió a su vez y le dio una palmada en el hombro.
- ¿Listo entonces? Ha sido un honor Tanis - dijo mientras le tendía la mano.
Tanis se la estrechó.
- Por no ser volutas -
- Por no ser volutas - respondió Jalack.

No como lo entienden los niños pequeños, para los que la muerte implica que no se ve más a la gente, sino como un adulto. -
Un rayo de sol se colaba por un agujero de la pared y Tanis miró a Jalack a través de la nube de polvo que se reflejaba en él.
Con los rasgos cubiertos de ceniza y suciedad a partes iguales, Tanis continuó con sus reflexiones.
- Mi abuelo era un hombre duro. Delgado y nervudo, todo tendones como cuerdas de guitarra, es posiblemente la persona más alta que he llegado a conocer, aunque quizá es el recuerdo de un niño.
Sea como sea, cuando caminaba a su lado tenía la impresión de caminar con un gigante.
Era inmensamente respetado en el pueblo. No había decisión que se tomara sin oír primero su consejo, ni disputa que su palabra no solucionara.
No ejercía esa especie de autoridad mediante la fuerza o amenazas. Simplemente, emanaba de él y el resto de la gente se plegaba a ella.
Acabó con él una serpiente. No sabemos de qué tipo, pero le atacó mientras cazaba y no se pudo hacer nada.
Al principio, cuando me dijeron que había muerto, lo asumí como un niño. Simplemente dejaría de verlo. Esa era mi percepción del mundo. -
Jalack escuchaba en silencio. Tanis no era un hombre hablador, pero cuando se decidía a hablar, valía la pena escuchar atentamente sus palabras.
Ya habría tiempo para la urgencia, la adrenalina y la violencia. De momento, a oscuras y ocultos en esa habitación podían permitirse relajarse y adentrarse en los mundos de los recuerdos.
- Cuando mis padres comentaban asuntos, en la mesa a la hora de comer, se preguntaban qué opinaría mi abuelo, si tal decisión la aprobaría o si la actitud de algún vecino sería objeto de una mirada reprobatoria por su parte.
Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que esas preguntas sobre qué haría mi abuelo iban espaciándose hasta acabar desapareciendo. -
Tanis cogió su chaqueta de cuero, basto y raspado tras numerosas aventuras.
- Eso es la muerte. No solo desapareces de la vida de la gente, poco a poco, desapareces de su recuerdo, como le pasó a mi abuelo. Si no has realizado un acto tan grande como para que lo recuerden y te admiren las generaciones futuras, te disuelves en el tiempo y la memoria como una voluta de humo. -
Ambos se levantaron y Jalack lanzó al suelo la colilla y la pisó concienzudamente, como siempre hacía.
- ¿Te estás arrepintiendo de algo Tanis? No van contigo las dudas y los remordimientos. ¿O acaso... - Jalack se echó el macuto a un hombro y empuñó su rifle - te apena que seamos volutas de humo? -
Tanis rió entre dientes.
- Nada de eso amigo, porque lo que vamos a hacer hoy, será épico. Nos recordarán por siglos. -
Jalack rió a su vez y le dio una palmada en el hombro.
- ¿Listo entonces? Ha sido un honor Tanis - dijo mientras le tendía la mano.
Tanis se la estrechó.
- Por no ser volutas -
- Por no ser volutas - respondió Jalack.
-- Relatos Inconexos --


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