El corredor

No es una prisión al uso, como cualquiera puede imaginar:
lúgubre, de gruesas paredes de cemento, suelos de un anodino color gris y una puerta metálica a través de la cual ves vivir al mundo mientras el tiempo, cruel e insaciable, pasa de largo tu celda haciendo eterna la espera.

No, mi prisión es una prisión del alma. Un prisión de mejillas hundidas y mirada desesperada.
En mi prisión no hay barrotes, ni paredes de cemento o guardias de mirada indiferente.
En mi prisión tampoco puedo descargar la rabia o quitarme la vida para escapar. Ni siquiera puedo gritar.

Mi fuerza, mi vitalidad, han desaparecido como las hojas de un árbol en Otoño, poco a poco pero cada vez más rápido hasta que ya no me queda nada. Soy poco más que un tronco en el que la savia no transita, esperando a que o bien llegue la primavera o el invierno sea permanente.

La vida es lo que ocurre mientras mueres, pero en mi caso he roto la regla.
Esto desde luego no es la vida, y la muerte no me ha alcanzado.

Pero toda prisión tiene un punto débil, un plan de huida con el que se puede escapar.
Me sigo repitiendo lo mismo, "la muerte no me ha alcanzado".
Y me propongo seguir corriendo, delante de ella, siempre delante, el tiempo que haga falta para que mi plan tome forma y la primavera llegue a este cuerpo débil y bloqueado.

Soy Jalack.
Sigo corriendo.



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