Poesía Inconexa
Como un ladrón, con premura,
a la noche le quité
el manto de su hermosura,
y mantuvo el universo su ritmo
insensible, eterno,
sin pausa, con mesura.
Pero la luna, de poetas objetivo,
compuso con ternura una sonrisa
e hizo del nudo de mi pecho,
mientras robaba mi alma sin prisa,
una llamarada ardiente,
un aventura de besos lentos y risa.
Mas el manto sobraba en sus hombros
como una luz enfocando una estrella,
pues la luna es perfecta por si misma,
y donde todo es oscuro, ella destella.
Y la noche, confidente de ambos,
nos regaló un momento desafiante,
de los que en un descuido duran años,
de los que un segundo sabe a vida,
de los que sin opción a debate
dejan el alma de carne ávida.
Más todo lo que fluye,todo lo que abunda,
parte de una vena de intensa amargura,
que la vida es como la naturaleza, pura,
y su vía no es inmisericorde, sino dura.
Y la noche no es perenne en su tiempo
ni consciente de su infinito poder,
y llega a su fin poco a poco,
imparable, dejando los sueños caer.
Entonces grité el dolor al sol altivo,
que respondió brillando, sordo, distante,
mientras luna se alejaba poco a poco,
y entre la luz, mi mundo era oscuro, menguante.
Así fue como quedaron los ojos ciegos de no verla,
el alma fría, pese al sol, de no tenerla,
el día gris y plomizo de no acariciarla,
y la noche, donde estuviera, afortunada de acunarla.



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