Cazador de la luna

“Esa noche el bosque estaba... callado. En tensión.
Era esa clase de silencio que tiene vida propia y que sólo es posible en un bosque que espera que ocurra lo imposible.
Obviamente, no existía un silencio completo. Se oían ruidos apagados, crujidos de ramas y el viento entre las hojas, pues todos sabemos que los árboles, inmóviles y estoicos, no pueden encogerse en sus madrigueras esperando que llegue la mañana y por lo tanto, siguen con su rutina.
Esa noche reinaba un silencio como sólo puede crearlo la nieve.
Y esa noche, la manada lloró.

El lenguaje de los lobos es complicado. 
Imagina poder expresar con un gesto lo que puede sentir el lobo al acechar, perseguir y finalmente derribar una presa. O poder expresar la curiosidad inocente del lobezno que ataca la cola de su padre en un juego de caza más antiguo que el propio ser humano.
Así es el lenguaje lobuno y como comprenderás, sus nombres son capaces de evocar la misma complejidad de emociones, estaciones y acción.

Hace mucho tiempo, nació un lobo de pelaje gris blanquecino. No era un animal grande, ni especialmente fuerte o resistente para lo que suelen ser los lobos. Pero era un soñador.
Desde pequeño miraba las cosas de manera diferente a sus compañeros.

Un lobo ve la vida como es. Comprende su ciclo y sabe que está lleno de lucha, amor, sufrimiento y acción, y que generalmente termina con dolor. 
Ve un ciervo herido o enfermo, y sabe que su vida está en el estadio final y su función es servir de sustento para la manada.
Ve un río y sabe que atrae presas y cazadores, y que sin él, pocas cosas perduran.

Pero nuestro lobo veía todo eso y más. Se preguntaba por qué estaba enfermo el ciervo, o de dónde venía el río y a dónde iba.
Así es como, entre su manada, se le conocía por el nombre "el que se sienta y observa buscando respuestas a preguntas que no tienen".
Para entendernos entre nosotros, llamaremos a este lobo Jalack.

Una noche, mientras Jalack observaba pasar las aguas del río, se fijó en el reflejo de la luna en sus aguas y levantó la vista.
Cuentan las piedras que desde entonces no volvieron a sentir su mirada nunca más, Jalack sólo tuvo ojos para ella.

Esa noche y todas las sucesivas durante dos estaciones, Jalack se quedaba admirando la luna y preguntándose qué secretos escondía y cómo podría revelarlos.
Daba igual que lloviera, nevara o hubiera una cacería en marcha.

Una noche, Jalack decidió que era el momento de preguntar a la luna dónde iba cuando amanecía, por qué le privaba de su presencia cuando era todo lo que ansiaba durante las largas horas del día.
Así que empezó a aullar a la luna, noche tras noche, durante horas, esperando una respuesta.

Y finalmente, una tarde, Jalack esperó en vano a que saliera la luna para dedicarle sus aullidos.
Mientras permanecía allí en solitario, una loba, de color blanco azulado como un glaciar y ojos verdes con motas doradas, se acercó y se sentó a su lado.

Era la luna, por supuesto, que había respondido a las súplicas de Jalack y adoptado la forma de una loba para poder mostrarse ante él.
Lo que hablaron y compartieron esa noche queda para ellos y solo fueron testigos mudos las plantas, la tierra y las estrellas de ese cielo, un poco huérfano, que les observó.

Pero, inevitable, el amanecer llegó y la luna dijo al lobo:

- Necesito un muro Jalack, no puedo seguir en el cielo escuchando tus aullidos. -

- Como desees - contestó Jalack.

Y ya no supo a quién aullar.

Así y todo, Jalack, noche tras noche, siguió admirando a la luna, siguiendo con sus ojos soñadores su trayectoria por el cielo, pero sin volver a emitir un aullido nunca, en ninguna situación, y buscando durante el día a esa loba blanca de ojos ambarinos.

Finalmente, la vejez pudo a Jalack, que había dejado de sentir admiración por las cosas y curiosidad por el mundo, y llevaba tanto tiempo echando de menos a la luna que ya no recordaba cómo era no hacerlo. Una noche, nevada, mientras Jalack seguía con su mirada ya borrosa el brillo de la luna, su cuerpo dijo basta y quedó tendido, los ojos fijos en el punto donde la luna se había ocultado.

Y esa fue la noche que la manada lloró.

Los lobos, vengativos, empezaron a reclamar a la luna que diera explicaciones. Pero nunca respondió y nadie las sabe pues la luna se volvió también solitaria.
Tanto reclamaron los lobos que la luna, poco a poco, se fue escondiendo hasta desaparecer del cielo durante un tiempo.

Y esta es la razón por la que los lobos, de noche, aúllan a la luna. Y por qué ella se esconde de vez en cuando para huir de sus quejas.
Muchos creen que cuando se esconde, la loba blanca ronda el lugar donde Jalack pasó todo ese tiempo admirando a la luna en silencio, pues esas noches, cuando los lobos no aúllan, se puede escuchar un único aullido, un lamento largo y solitario, que rasga el silencio de la noche."

- Creo que ese lobo era un poco tonto, abuelo -

- ¿Por qué lo dices Jalack? - 

- No debió dejar que la luna se fuera. Yo no lo hubiera hecho. - El niño se incorporó muy serio en la cama y se apoyó contra el cabecero.

- Vale, y ¿cómo lo hubieras impedido tú? - 

- Le hubiera dicho a la luna que el cielo es un lugar bonito, pero solitario y siempre igual. Que la tierra se puede viajar y descubrir paisajes, y encima en compañía. Le habría propuesto ir a ver qué se esconde tras el horizonte y tumbarnos a saludar a las estrellas en los prados que hubiera allí. Le habría dicho que conmigo no volvería a estar sola como allí arriba. -

El abuelo sonrió con cierta tristeza y recostó al niño de nuevo.

- Eso, Jalack, es porque tienes alma de poeta y ojos de soñador como el lobo. Quizá, algún día, tengas que decirle algo parecido a tu luna. -















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