Un silencio doble


Había dos silencios rodeando esa casa, entrelazados como los pétalos de una rosa.
Y afilados, con espinas, como el tallo de esa misma rosa.

El primero era un silencio sereno. Era un silencio que dormía sobre las telas de araña del tejado de paja. Era asustadizo, poco tardaría en irse, y a veces era un silencio inverso, pues su misma existencia implicaba sonidos.
Las contraventanas eran sus amantes, al igual que la boca de la chimenea, la cual le hablaba con un aliento limpio por el momento, pues pronto dejaría de estarlo y el silencio huiría de allí.
Era un silencio que se encontraba en las habitaciones, donde sobre toscas camas de heno dormían los habitantes de la casa, y este silencio se mecía sobre sus respiraciones pausadas como una pluma.

El segundo silencio era un silencio de color negro. Era un silencio dividido, un silencio que pertenecía a dos corazones atormentados.
Un silencio que derrochaba decibelios, afilado como una tijera, capaz de cortar lazos que parecían eternos.
Era un silencio construido sobre un muro que una vez erigido, no volvería a caer. Un muro que, levantado como protección, se convierte en cárcel, pues el silencio no sabe si el que se refugia tras el muro llega a ser libre ni el que queda al otro lado lo sigue siendo.
Este silencio se enroscaba en las ojeras del hombre sentado en una silla solitaria en medio del salón, con las manos sobre la cara.
Jugaba con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas y las acompañaban cuando caían sobre el suelo, empapando la madera y desapareciendo. Y allí el silencio gruñía y se tornaba más oscuro, ansiando seguir con las lágrimas.
Vibraba, como un diapasón, con las sacudidas de los hombros fruto de las bocanadas de aire que, cargadas de silencio pues nadie debía oírlo, llenaban sus pulmones.

Era, en definitiva, un silencio doloroso, duradero, capaz de sobrevivir al sonido de una risa y de ocultarse tras una conversación para resurgir de nuevo. Un silencio falaz y ambicioso, que quería crecer y poder convertirse en un silencio triple.

Pero eso es imposible, pues Jalack no es Kvothe, y un silencio para convertirse en triple necesita mucho más sufrimiento y un alma capaz de soportarlo.

Por desgracia, eso, el segundo silencio no lo sabía, y arañaba el alma de Jalack sin saber que esta, quizá, no pudiera soportarlo.




















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