Presa
Llevaba un bulto a su espalda envuelto en tela basta.
Su caminar era inseguro pero decidido, apenas afectado por los aullidos que se oían en la noche.
Un palo, con una punta tiznada de negro por haber sido endurecida al fuego, le ayudaba a caminar hacia la linde del bosque.
Anochecía y, al llegar, sin perder tiempo, dejó el fardo apoyado en el hueco de unas raíces y se alejó por donde había venido mientras con un cuchillo se hacía un corte en la mano e iba dejando un rastro de sangre bien visible.
Poco a poco, las brumas fueron engullendo el fardo y el llanto que salía de él.
--
Paró un momento en la orilla del río para rellenar su odre y tomar un respiro.
La persecución duraba ya tres jornadas, sin hacer distinciones entre noche y día, siempre corriendo.
Y Jalack estaba perdiendo terreno respecto a su perseguidor.
Una vez que hubo recogido agua, raspó un poco de musgo de una de las piedras y lo introdujo en la bota, en la zona del talón.
El material que tenía era de primera. Las botas eran de cuero de alta calidad, blando y flexible, pero el esfuerzo realizado era demasiado como para no sufrir rozaduras y la composición gelatinosa del musgo actuaría como lubricante en las zonas más sensibles.
Seguiría el curso del río ya que necesitaría volver a aplicarse esta sustancia regularmente o acabaría haciéndose unas heridas que le ralentizarían. Aunque visto el ritmo de su cazador, no parecía que fuera a suponer diferencia alguna.
Llevaba su pequeño arco de cuerno sin encordar a la espalda, en un arnés especial diseñado para llevar la espada, el arco y las flechas, y la cuerda en un saquete impermeable a la cintura. Dejar la cuerda puesta hacía que esta perdiera tensión y reducía la potencia de los disparos. Era una de las primeras cosas que se aprendían cuando se empezaba la formación con el arco.
"Si enfrentas un enemigo con gran protección o gran masa, busca la altura. Deja que la gravedad añada a tus flechas la fuerza de la que el arco carece."
Las palabras de Avalancha guiaban sus pasos desde que se dio cuenta de que el enfrentamiento era inevitable.
En cuanto viera una posición favorable para la batalla abandonaría el río para tomarla.
Avalancha había sido su icarist desde los 7 años. Su misión era formarle en las costumbres de la tribu.
Abarcaba todos los aspectos que hacían valioso a un miembro, desde el cultivo a la guerra, pasando por las historias tradicionales y las formas de trato hacia miembros de la tribu o el comercio.
Avalancha, como todos los demás, recibió su nombre tras pasar su caza.
Avalancha era una pequeña deshonra en la tribu. Su caza había terminado con él herido de gravedad y su cazador derrotado mediante un alud de rocas.
Lo normal y honroso era ganar la batalla con tus armas o fabricando nuevas.
La forma y el arma usada para ganar definían el nombre adulto.
Filo curvo, lanza certera o puño roca eran el tipo de nombres recibidos.
Si se conseguía escapar a la caza sobreviviendo durante diez días, se analizaba la estrategia empleada y se otorgaba en consecuencia un nombre y se pasaba a formar parte de los exploradores. Pies de agua, sombra del día o andarín de las ramas eran otro tipo de nombres.
Avalancha era un insulto y un recordatorio por parte de la tribu de que, pese a haber sobrevivido a su cacería, Avalancha no tenía el mismo status que los demás.
Nadie sabía contra lo que había luchado Avalancha. Cuando comenzaba la caza, se bebía de la Copa de Sangre y automáticamente se sentía al cazador y desde qué dirección venía. Y él te sentía a ti.
A partir de ese momento era una carrera por la supervivencia.
Sólo volviendo a la aldea antes de diez días y pasando los restantes atado a un poste, confirmaban que se podía formar parte de la casta de guerreros. Era una manera fiable de confirmarlo pues, en caso de volver sin haber vencido al cazador, éste atacaría al aspirante que estando atado no tendría ninguna oportunidad.
Y, del mismo modo, solo volver pasados diez días garantizaba un puesto como explorador.
El guerrero, por deferencia, tenía la opción de volver pasados los diez días, y así elegir ser explorador.
Jalack tenía claro que tomaría esa opción si tenía la oportunidad. Él no estaba hecho para ser un guerrero, aunque era diestro en el manejo de las armas.
Su lugar estaba entre los árboles, o corriendo por la llanura, ya que su constitución de mayor altura y zancadas más ágiles que las de la gente de la tribu le permitían realizar tareas de vigilancia que los demás no podían debido a su corta estatura.
Eso, si le dejaban permanecer en la tribu. La opinión estaba dividida en el consejo y sus detractores confiaban en que no sobreviviera a la caza.
Tras varias horas divisó en la lejanía una pequeña colina que le ofrecía un lugar apropiado para luchar.
Poblada por un bosquecillo de abedules, se había abierto un sendero empinado entre ellos que ascendía hasta un refugio de pastores.
Era un lugar arriesgado para luchar ya que si las cosas no iban bien, estaría atrapado, pero sabía que la posición elevada era indispensable.
Dentro de las paredes, hechas de una mezcla de estiércol, grava y hojarasca, un pequeño hogar, un lecho de paja y una silla tosca eran toda la comodidad que se podía percibir. Jalack sabía que debajo del hogar se encontraba una pequeña despensa con algo de comida para emergencias, que cada usuario debía comprometerse a reponer una vez utilizada.
Se quitó el arnés y cuidadosamente montó el arco pasando la pierna alrededor del cuerpo de este, flexionándolo lo suficiente para colocar la cuerda. Dejó la espada apoyada en el quicio de la puerta, donde plantearía su última defensa si llegaba el caso, de manera que tuviera protegidos los flancos.
A continuación, fue clavando las flechas en el suelo.
Clavó la primera a un paso de la puerta y fue colocando las demás cada dos pasos bajando por la colina.
Sentía la inminencia del encuentro así que cuando le quedaba una por colocar, simplemente la dejó en la aljaba y se sentó a esperar.
El mediodía dio paso a la tarde y la sensación de cercanía del cazador fue incrementando hasta que de repente desapareció. Esa era la señal.
Jalack se levantó, ajustó la flecha en el arco y esperó.
El sol quedaba a su espalda lo que le proporcionaba una nueva ventaja sobre lo que quiera que venía a por él, pero se desplazó un poco a la izquierda para no proyectar una sombra que delatara su posición, al menos de momento.
Una forma negra apareció en la base de la colina. Se movía sobre cuatro patas de manera elástica y denotaba una gran agilidad.
Jalack rápidamente se dio cuenta de que no podría disparar cada una de las flechas. Como mucho podría correr y disparar una de cada dos, con suerte.
En ese momento la bestia echó a correr colina arriba y Jalack disparó la primera flecha y empezó a retroceder encajando la siguiente. Su primera flecha se hundió en la tierra cuando la bestia la esquivó dando un salto lateral.
Conforme se acercaba y Jalack iba agotando flechas, pudo ver más detalles. Era claramente parecido a un lobo, pero nunca había oído hablar de algo así.
Entre sus fauces cabía el pecho de Jalack sin problemas, y su pelaje parecía una combinación de pelo y plumas. Los ojos eran verdes esmeralda, incongruentemente bonitos en contraste con el resto de su cuerpo.
Le quedaban pocos metros de huida y sólo dos flechas disponibles. Luego todo se decidiría a espada y garras. En un momento de inspiración, Jalack decidió lanzar las dos últimas flechas juntas y aunque la bestia esquivó una, la otra se clavó con fuerza en su flanco derecho.
Ni siquiera esto detuvo su carga, así que, cogiendo la espada con ambas manos, Jalack se plantó en la puerta y esperó el ataque. Cuando la bestia llegó a su altura, se lanzó de un salto hacia Jalack y este se apartó en el último momento a un lateral, esquivando su embestida, y dando media vuelta volvió a plantarse en el marco de la puerta. Aspiró un olor nauseabundo que provenía de la bestia, una mezcla de azufre y el olor metálico de la sangre.
El truco le había salido bien, la bestia ya no tenía espacio para volver a lanzarse a la carga y seguía teniendo protegidos los flancos. Esta se dio media vuelta y lo contempló fijamente, sus ojos dos joyas verdes en la penumbra.
- No lo estás haciendo nada mal, Errante - dijo una voz en su cabeza.
Jalack se quedó perplejo. Jamás le había pasado algo parecido.
La bestia lanzó un zarpazo que bloqueó con la espada, aunque esta casi salió volando de su mano por la fuerza del impacto. Sin embargo, consiguió hacer un corte y esta se retiró un poco.
- Sin embargo, si sigues en esa posición, no vas a salir con vida de aquí. - dijo la voz con tono jocoso.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces? - gritó Jalack al aire. No podía perder de vista a la bestia pero sus ojos buscaban frenéticos alguna señal del propietario de la voz.
- Soy tu sangre y tu dolor. Soy tus anhelos ocultos y esperanzas perdidas. Soy lo que te despierta inquieto por la noche y no te deja volver a dormir. Soy el tú que nunca quieres mirar. -
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Jalack.
A continuación, una risa resonó en su cabeza.
- ¡Estaba bromeando hombre! Escúchame, el ctenaos, la bestia que te ataca, va a saltar sobre ti de un momento a otro. Cuando lo haga agáchate y mantén la espada en alto. Rasgarás su vientre mientras pasa sobre tu cabeza y terminará la lucha. Si quieres saber quién soy y quién es tu gente, sigue al sol en su camino por el cielo durante tres días. Adiós, Errante -
- ¡Espera! Qué... -
En ese momento, el ctenaos saltó como había dicho la voz y en un acto reflejó Jalack se agachó adoptando la postura que le habían dicho.
La bestia cayó con un sonido sordo a su espalda, resollando contra el polvo tres veces antes de morir. Acto seguido, se empezó a difuminar.
Jalack miró hacia el sol que se ocultaba tras el refugio.
Había encontrado un camino a seguir.
¿Tendría el valor de tomarlo?
-- Relatos Inconexos --
Su caminar era inseguro pero decidido, apenas afectado por los aullidos que se oían en la noche.
Un palo, con una punta tiznada de negro por haber sido endurecida al fuego, le ayudaba a caminar hacia la linde del bosque.
Anochecía y, al llegar, sin perder tiempo, dejó el fardo apoyado en el hueco de unas raíces y se alejó por donde había venido mientras con un cuchillo se hacía un corte en la mano e iba dejando un rastro de sangre bien visible.
Poco a poco, las brumas fueron engullendo el fardo y el llanto que salía de él.
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Paró un momento en la orilla del río para rellenar su odre y tomar un respiro.
La persecución duraba ya tres jornadas, sin hacer distinciones entre noche y día, siempre corriendo.
Y Jalack estaba perdiendo terreno respecto a su perseguidor.
Una vez que hubo recogido agua, raspó un poco de musgo de una de las piedras y lo introdujo en la bota, en la zona del talón.
El material que tenía era de primera. Las botas eran de cuero de alta calidad, blando y flexible, pero el esfuerzo realizado era demasiado como para no sufrir rozaduras y la composición gelatinosa del musgo actuaría como lubricante en las zonas más sensibles.
Seguiría el curso del río ya que necesitaría volver a aplicarse esta sustancia regularmente o acabaría haciéndose unas heridas que le ralentizarían. Aunque visto el ritmo de su cazador, no parecía que fuera a suponer diferencia alguna.
Llevaba su pequeño arco de cuerno sin encordar a la espalda, en un arnés especial diseñado para llevar la espada, el arco y las flechas, y la cuerda en un saquete impermeable a la cintura. Dejar la cuerda puesta hacía que esta perdiera tensión y reducía la potencia de los disparos. Era una de las primeras cosas que se aprendían cuando se empezaba la formación con el arco.
"Si enfrentas un enemigo con gran protección o gran masa, busca la altura. Deja que la gravedad añada a tus flechas la fuerza de la que el arco carece."
Las palabras de Avalancha guiaban sus pasos desde que se dio cuenta de que el enfrentamiento era inevitable.
En cuanto viera una posición favorable para la batalla abandonaría el río para tomarla.
Avalancha había sido su icarist desde los 7 años. Su misión era formarle en las costumbres de la tribu.
Abarcaba todos los aspectos que hacían valioso a un miembro, desde el cultivo a la guerra, pasando por las historias tradicionales y las formas de trato hacia miembros de la tribu o el comercio.
Avalancha, como todos los demás, recibió su nombre tras pasar su caza.
Avalancha era una pequeña deshonra en la tribu. Su caza había terminado con él herido de gravedad y su cazador derrotado mediante un alud de rocas.
Lo normal y honroso era ganar la batalla con tus armas o fabricando nuevas.
La forma y el arma usada para ganar definían el nombre adulto.
Filo curvo, lanza certera o puño roca eran el tipo de nombres recibidos.
Si se conseguía escapar a la caza sobreviviendo durante diez días, se analizaba la estrategia empleada y se otorgaba en consecuencia un nombre y se pasaba a formar parte de los exploradores. Pies de agua, sombra del día o andarín de las ramas eran otro tipo de nombres.
Avalancha era un insulto y un recordatorio por parte de la tribu de que, pese a haber sobrevivido a su cacería, Avalancha no tenía el mismo status que los demás.
Nadie sabía contra lo que había luchado Avalancha. Cuando comenzaba la caza, se bebía de la Copa de Sangre y automáticamente se sentía al cazador y desde qué dirección venía. Y él te sentía a ti.
A partir de ese momento era una carrera por la supervivencia.
Sólo volviendo a la aldea antes de diez días y pasando los restantes atado a un poste, confirmaban que se podía formar parte de la casta de guerreros. Era una manera fiable de confirmarlo pues, en caso de volver sin haber vencido al cazador, éste atacaría al aspirante que estando atado no tendría ninguna oportunidad.
Y, del mismo modo, solo volver pasados diez días garantizaba un puesto como explorador.
El guerrero, por deferencia, tenía la opción de volver pasados los diez días, y así elegir ser explorador.
Jalack tenía claro que tomaría esa opción si tenía la oportunidad. Él no estaba hecho para ser un guerrero, aunque era diestro en el manejo de las armas.
Su lugar estaba entre los árboles, o corriendo por la llanura, ya que su constitución de mayor altura y zancadas más ágiles que las de la gente de la tribu le permitían realizar tareas de vigilancia que los demás no podían debido a su corta estatura.
Eso, si le dejaban permanecer en la tribu. La opinión estaba dividida en el consejo y sus detractores confiaban en que no sobreviviera a la caza.
Tras varias horas divisó en la lejanía una pequeña colina que le ofrecía un lugar apropiado para luchar.
Poblada por un bosquecillo de abedules, se había abierto un sendero empinado entre ellos que ascendía hasta un refugio de pastores.
Era un lugar arriesgado para luchar ya que si las cosas no iban bien, estaría atrapado, pero sabía que la posición elevada era indispensable.
Dentro de las paredes, hechas de una mezcla de estiércol, grava y hojarasca, un pequeño hogar, un lecho de paja y una silla tosca eran toda la comodidad que se podía percibir. Jalack sabía que debajo del hogar se encontraba una pequeña despensa con algo de comida para emergencias, que cada usuario debía comprometerse a reponer una vez utilizada.
Se quitó el arnés y cuidadosamente montó el arco pasando la pierna alrededor del cuerpo de este, flexionándolo lo suficiente para colocar la cuerda. Dejó la espada apoyada en el quicio de la puerta, donde plantearía su última defensa si llegaba el caso, de manera que tuviera protegidos los flancos.
A continuación, fue clavando las flechas en el suelo.
Clavó la primera a un paso de la puerta y fue colocando las demás cada dos pasos bajando por la colina.
Sentía la inminencia del encuentro así que cuando le quedaba una por colocar, simplemente la dejó en la aljaba y se sentó a esperar.
El mediodía dio paso a la tarde y la sensación de cercanía del cazador fue incrementando hasta que de repente desapareció. Esa era la señal.
Jalack se levantó, ajustó la flecha en el arco y esperó.
El sol quedaba a su espalda lo que le proporcionaba una nueva ventaja sobre lo que quiera que venía a por él, pero se desplazó un poco a la izquierda para no proyectar una sombra que delatara su posición, al menos de momento.
Una forma negra apareció en la base de la colina. Se movía sobre cuatro patas de manera elástica y denotaba una gran agilidad.
Jalack rápidamente se dio cuenta de que no podría disparar cada una de las flechas. Como mucho podría correr y disparar una de cada dos, con suerte.
En ese momento la bestia echó a correr colina arriba y Jalack disparó la primera flecha y empezó a retroceder encajando la siguiente. Su primera flecha se hundió en la tierra cuando la bestia la esquivó dando un salto lateral.
Conforme se acercaba y Jalack iba agotando flechas, pudo ver más detalles. Era claramente parecido a un lobo, pero nunca había oído hablar de algo así.
Entre sus fauces cabía el pecho de Jalack sin problemas, y su pelaje parecía una combinación de pelo y plumas. Los ojos eran verdes esmeralda, incongruentemente bonitos en contraste con el resto de su cuerpo.
Le quedaban pocos metros de huida y sólo dos flechas disponibles. Luego todo se decidiría a espada y garras. En un momento de inspiración, Jalack decidió lanzar las dos últimas flechas juntas y aunque la bestia esquivó una, la otra se clavó con fuerza en su flanco derecho.
Ni siquiera esto detuvo su carga, así que, cogiendo la espada con ambas manos, Jalack se plantó en la puerta y esperó el ataque. Cuando la bestia llegó a su altura, se lanzó de un salto hacia Jalack y este se apartó en el último momento a un lateral, esquivando su embestida, y dando media vuelta volvió a plantarse en el marco de la puerta. Aspiró un olor nauseabundo que provenía de la bestia, una mezcla de azufre y el olor metálico de la sangre.
El truco le había salido bien, la bestia ya no tenía espacio para volver a lanzarse a la carga y seguía teniendo protegidos los flancos. Esta se dio media vuelta y lo contempló fijamente, sus ojos dos joyas verdes en la penumbra.
- No lo estás haciendo nada mal, Errante - dijo una voz en su cabeza.
Jalack se quedó perplejo. Jamás le había pasado algo parecido.
La bestia lanzó un zarpazo que bloqueó con la espada, aunque esta casi salió volando de su mano por la fuerza del impacto. Sin embargo, consiguió hacer un corte y esta se retiró un poco.
- Sin embargo, si sigues en esa posición, no vas a salir con vida de aquí. - dijo la voz con tono jocoso.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces? - gritó Jalack al aire. No podía perder de vista a la bestia pero sus ojos buscaban frenéticos alguna señal del propietario de la voz.
- Soy tu sangre y tu dolor. Soy tus anhelos ocultos y esperanzas perdidas. Soy lo que te despierta inquieto por la noche y no te deja volver a dormir. Soy el tú que nunca quieres mirar. -
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Jalack.
A continuación, una risa resonó en su cabeza.
- ¡Estaba bromeando hombre! Escúchame, el ctenaos, la bestia que te ataca, va a saltar sobre ti de un momento a otro. Cuando lo haga agáchate y mantén la espada en alto. Rasgarás su vientre mientras pasa sobre tu cabeza y terminará la lucha. Si quieres saber quién soy y quién es tu gente, sigue al sol en su camino por el cielo durante tres días. Adiós, Errante -
- ¡Espera! Qué... -
En ese momento, el ctenaos saltó como había dicho la voz y en un acto reflejó Jalack se agachó adoptando la postura que le habían dicho.
La bestia cayó con un sonido sordo a su espalda, resollando contra el polvo tres veces antes de morir. Acto seguido, se empezó a difuminar.
Jalack miró hacia el sol que se ocultaba tras el refugio.
Había encontrado un camino a seguir.
¿Tendría el valor de tomarlo?
-- Relatos Inconexos --



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